Perdonad la intimidad. En mis últimas sesiones de radioterapia, ya superadas, una serie de efectos secundarios combinados me tumbaron, físicamente. No le ocurre a todo el mundo, pero a mí me dejaron en la cama, agotado. Vas asumiendo como eres de fuerte cuando te ponen a prueba. El único aliciente que tenía era no fallar a mi cita con el artículo diario.

Y entonces llamó mamá. Desde que mi padre tuvo un infarto conduciendo en Barcelona, ​​después de visitar a sus cuatro nietos, han decidido que sólo pisan esta avenida y la ciudad por causas mayores. Y mi madre me dijo: queremos venir a cuidarte, cogeremos el tren y vendremos a tu casa, ya está decidido. Tiene 77 años y mucho dolor, se recupera de una operación de prótesis en la rodilla. Les cuesta todo, pero encuentran la fuerza, cogen el tren y se presentan en casa.

Al principio se me hace extraño, incómodo. Ahora me tocaría cuidarlos yo a ellos, tengo 50 años, cojones. Pero mi madre se sienta junto a la cama, me coge la mano, me da besos dulces. Y de repente tengo menos miedo, siento menos dolor. Nos caen lágrimas. De emoción. Hará 35 años que mamá no me curaba. Se acuerda a la perfección, es un don que no se pierde, un instinto animal infalible. Magia pura. Me vienen a la cabeza las veces que me había curado de dolores de estómago inocentes poniéndome la mano con delicadeza. Ahora necesito la radio y la cirugía y la quimio: la cosa maloliente que tengo que expulsar de mi vientre es un cáncer. Pero también necesito besos que curan. Qué suerte que estés, mamá.

Y agradezco de verdad la oportunidad deliciosa que esta jodida enfermedad nos ha dado para volver a sentirnos tan intensamente madre e hijo.