Estamos en un país abstencionista y desencantado, donde se supone que los jóvenes tienen que estar desmotivados. Que algunos de ellos se dediquen a educar a nuestros pequeños gratis y con tanto entusiasmo es muy sospechoso.

Son unos seres extraños, de entre 18 y 25 años que se llaman monitores, o escoltas. Los reconoceréis porque pringan todas las tardes de sábado montando gyncanas, pierden fines de semana haciendo excursiones y malgastan la Semana Santa entera y quince días en julio yendo de campamento. Y todo sin cobrar nada y con una pasión que no puede ser buena para la salud.

La broma hace décadas que dura, y no son cuatro locos, se trata de unos cuantos miles. Se ha procurado hacer burla de ellos y se les ha hecho saber que se han acabado las utopías, y que la gracia de hoy en día es ser famoso, pero ellos insisten en que no. Son especialmente pesados con la idea de ir a la montaña, educar al aire libre, asumen responsabilidades y nos dan lecciones a los padres sobre cosas tan anticuadas como desconectar, convivir y madurar. Y encima se los ve felices, y –lo que es peor- a los niños que cuidan, también. Esto les hace difíciles de integrar en la sociedad, porque lo que se lleva es no hacer nada y tener cara de estresado, y para nada pasarte el día organizando cosas con una sonrisa.

La administración les da la espalda y les niega el derecho a usar las escuelas públicas (perfectamente desaprovechadas los sábados) para intentar que se ahoguen en pequeños locales de entidades que, en ocasiones parecen zulos. Pero ni aún así desisten. Los medios de comunicación tenemos a punto el protocolo de linchamiento mediático y exigencia de responsabilidades a la mínima que un grupo se pierde por el bosque, pero ellos allí siguen, valientes.

Las técnicas de captación de nuevos miembros son terriblemente sofisticadas. Por culpa de un método extrañísimo llamado seguir el ejemplo (¿a que suena carca?), muchos niños que han ido a esplais y grupos escoltas acaban pareciéndose a sus monitores, y quieren ser monitores o voluntarios de oenegés. Y como el movimiento se renueva, cuesta etiquetarlos de gente poco moderna, porque viven al día y se adaptan a los nuevos tiempos.

Si al menos tanto esfuerzo fuera al servicio de una secta destructiva, se entendería, y algún actor de Hollywood le daría su apoyo. Pero no, no son ninguna secta y su voluntad es totalmente constructiva (uy, uy, que concepto tan pasado de moda). Son toda una anomalía en los ambientes derrotistas y en las sociedades decadentes. Alguien los tendría que parar antes de que se les ocurra cambiar el mundo de verdad.

DIARI AVUI 30/05/2009