Cenábamos pronto, a las 7 de la tarde, y había épocas en que mi padre bajaba después de cenar al taller para acabar los trabajos que tenía pendientes. Yo a veces le hacía compañía y curioseaba, siempre después de hacer los deberes. Tenía muy claro que de mayor sería carpintero, como él, como mi abuelo y como mi bisabuelo. Estaba orgulloso de tener un padre artesano que sabía hacer puertas, ventanas, mesas, sillas y muebles a medida. Aquel diciembre el hombre estaba estresado por un encargo: una mesa de ping-pong que le había pedido un cliente importante. Era la primera vez en su vida que hacía una, y tenía que ser profesional. Por aquel entonces no había Ikea ni Decathlon, y los clientes confiaban en él. Yo le ayudé alguna noche, o al menos él me hacía sentir útil, como si le ayudara. La pintó verde, muy verde y con líneas blancas. Le quedó muy bonita. Fantástica. Y la mesa desapareció del taller. No recuerdo qué había pedido yo aquel año para Reyes. Todavía arrastraba el trauma del Scalextric que me habían traído el año anterior: la pista más sencilla. El día 6 por la mañana nos dijeron que subiéramos al desván. Lo habían estado arreglando y los Reyes Magos habían aprovechado la novedad para dejar allí los regalos. Corrí escaleras arriba con mi hermano. Y allí, dentro de una nueva habitación hecha a medida, estaba la mesa de ping-pong profesional. La habían encargado los Reyes para nosotros, para mi hermano y para mí. Y ellos le añadieron la red, las raquetas y las pelotas. Aquel día lo entendí todo. Confirmé que los Reyes existen, y sobre todo, entendí el porqué de su magia. Confían los encargos a los mejores profesionales del mundo. Por eso, aún teniendo en cuenta riesgos evidentes, decidieron que nuestra mesa la hiciera un gran carpintero de la talla de mi padre. De esto hace ya cuarenta años y la mesa está fuerte como el primer día. Los Reyes supieron escoger.

DIARI ARA 01/05/2013