Cuesta saber cuáles son los mejores años de nuestra vida. Y aún más predecirlo antes de vivirlos. Sólo podrías saberlo a posteriori, en función de cómo te han ido. Y tampoco es del todo objetiva, porque por suerte la memoria es traicionera, mitifica algunos periodos y olvida otros, para hacer nuestra historia más soportable. Sin embargo, me atrevo a generalizar, y afirmó que los mejores años de nuestra vida son los 5, 6 y 7 años. Y, si me hacéis afinar, diré que el curso con más opciones de ser feliz es P-5.

Los bebés viven desconcertados, y cuando empiezan a poner orden llega P-3 y los pone la presión de los grupos de 25 y el tráfico de la criatura que todavía hace siesta hacia el niño que no hará nunca más. En P-4 empiezan a controlar, pero viendo morir los privilegios del bebé que ya no son. Y de repente llega P-5, aquel curso en el que eres el más grande de los pequeños. El curso en que todavía todo es divertido, todo es juego, y encima eres consciente, puedes celebrar. En nuestra casa hace 14 años que crecen niños, y todos ellos han encontrado entre los 5 y los 7 años un estado de placidez mental, de bienestar emocional, casi paradisíaco. Empiezan a ser autónomos pero se sienten independientes, saben disfrutar de todo lo que está a su alcance y no son conscientes todavía del esfuerzo que les costará mantenerlo. Y tienen clarísimo que el “tió” es el que caga y que los regalos los traen los Reyes.

Los mejores años siempre son un oasis entre años más complicados. Y llega tercero de Primaria, y llegan los deberes. Deberes en el sentido literal, los que tienes que llevar a casa y apuntar en la agenda. No quiero decir que sea imposible ser feliz cuando llegan las responsabilidades, pero a partir de ahí ya todo dependerá de cómo las superes. Entre los 5 y los 7 la felicidad es gratuita, a partir de los 8 ya reclama un pago en especies. Por eso si después de las doce campanadas se me aparece un genio y me concede un deseo, le pediré que, aunque sea durante un día, me deje repetir P-5.

DIARI ARA 31/09/2011