En pocos lugares aprendes tanto y tan deprisa sobre la vida como en urgencias. Lástima que el requisito sea tener que ser parte implicada. Si no fuera por este detalle tan molesto, ir sería incluso recomendable.

Aprendes que, aunque el nombre presuponga velocidad, en urgencias lo primero que tienes que ejercitar es la paciencia. La única manera de no tener que hacer tres horas de cola es que tu caso sea el más grave de todos. Y no es una opción muy deseada. Esperar es, literalmente, un mal menor: quiere decir que allí hay males mayores. Y eso te consuela.

Aprendes que los caminos hacia la concienciación médica son inescrutables. La de delante confiesa que está allí porque leyó en Pronto que el hijo de Jesulín había tenido problemas por ignorar una fiebrada, y desde entonces se toma el termómetro más seriamente. Para que luego digan que la prensa del corazón no educa.

Aprendes a compartir el dolor de una manera más solidaria que nunca: primero deseas que el niño del rincón se cure, para que deje de llorar de forma insoportable. Cuando finalmente te vas y te encuentras a los padres, no puedes evitar preguntarles si ya saben lo que tiene, y deseas de corazón que se cure.

Aprendes a sentirte, provisionalmente, más buena persona, y a prometerte, de manera supersticiosa, que lo serás por siempre jamás. Aprendes a intuir que, si tienes la suerte de dormir en casa, el ataque forzado de bondad y lucidez con que ahora distingues lo importante de lo prescindible pronto habrá perdido el efecto, como el Dalsy pierde el suyo al cabo de seis horas.

Aprendes que tenía razón el pesimista que se desespera confirmando que nuestra vida pende de un hilo, como el optimista fascinado al ver como la ciencia es capaz de salvar vidas que tienen medio hilo roto. Aprendes a agradecer que el destino ponga ante ti una enfermera cariñosa y eficaz, con la misma fuerza con que matarías a la que cinco minutos antes te había menospreciado con grosería, y entiendes que el buen personal sanitario genere tantas cartas sinceras al periódico dándoles las gracias, y que es urgente formar o echar a los que combinan la ineficacia con la mala leche.

Aprendes tanto que no te da vergüenza escribir que tener hijos te hace más sabio, aunque solo sea porque multiplica las oportunidades de matricularte en este curso acelerado de paciencia y fragilidad. Has aprendido a flirtear con el dolor, la muerte y la desgracia, y tienes la suerte de poder explicarlo con una sonrisa. Te vas sin ningunas ganas de volver, pero contento de saber que volverás. Urgencias es un sitio tan cruel que la única garantía de no volver es haberte tenido que quedar.

DIARI AVUI 21/11/2009